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Un detalle que todos recordaban
El ritual se convirtió en algo para compartir.
Los amigos comenzaron a sumarse a aquellas tardes frente al agua. En reuniones, salidas y chinchorreos, ya sabían que Alex llegaría con sus rodajas de cítricos para completar las bebidas.
Lo que comenzó como una costumbre personal se convirtió en una parte esperada de cada encuentro: un gesto pequeño que hacía que la copa se sintiera cuidada y el momento más especial.





